dice:
“Creo que puedo relatar una historia de tal manera que su punto de ironía no se extravíe ni llegue demasiado tarde. Hay que mantener la tensión anímica de los que oyen y, por medio de distintas situaciones, enterarme qué esperan con respecto a cómo seguirán los sucesos; esto me da una gran satisfacción. Tengo que usar dobles mensajes para que sólo tomen uno y de pronto vean que mis dichos pueden tener otro significado; ese es mi gran arte. Si uno quiere tener la posibilidad de acceder a determinados estudios en función de un fin, debe contar con un discurso. Al hablar, se capta el estado de ánimo de los presentes por medio de bifurcaciones, preguntas y respuestas…”
Juan la seduce a Cordelia. Premeditada, paciente y detalladamente. Un sorete.
La seduce con el único fin de dejarla, de enamorarla para siempre. De hacerle creer que es correspondida para luego hacer un gran giro y dejarla desorientada, sola, sin comprender. Y haciendo que su propia mente piense cosas que él provoca que piense, sin que ella lo detecte.
Según mis humildes investigaciones sobre el autor en cuestión, descubrí que él habla de tres etapas en la vida de una persona. De una persona, porque cada uno tiene discernimiento para decidir por sí mismo y crecer, o no. La historia de Cordelia y Juan está en la etapa estética. Quien está allí, solo ve las cosas frívolas de la vida, busca el placer, la diversión en todo. Lo que no es divertido no merece atención. Eso explica por qué él es capaz de seducirla con sólo interpretar algunos patrones comunes en las mujeres, o quizás en la sociedad de su época y en su “arte romántico”.
Luego vendría la etapa ética, kantiana, donde reina el imperativo categórico, el “deber ser”, donde se corre el riesgo de morir de aburrimiento. Kant no se murió de eso, pero puede suceder. No es deseable permanecer allí. Aunque para pasar a esa etapa se precisa un gran discernimiento, un crecimiento personal. Sólo el que lo posee, el que busca algo más de su vida, puede saltar. Siempre va a ser mejor ser ético que estético.
Por último, la etapa religiosa. Kierkegaard era cristiano.
