Resulta que los jueves a la tarde (por si a alguno le interesa conocer mi agenda) ando dando una mano por una biblioteca popular de mi barrio. No es mucho lo que hago, pero creo que cubro un espacio que alguien tiene que cubrir, y además me gusta.
En mi horario, la biblio la ocupa también un taller de cuenta cuentos que siempre tiene algún invitado especial, y cuando no lo tiene, igual me deleito escuchando los trucos del cuentacuentista, incluso escuchando cuentos. Y la verdad que lo disfruto. Hoy más que nunca, lo disfruté. Al parecer, hay gente que se dedica a hacer lo que le gusta.
Aparentemente, hay un grupo de mexicanos sueltos en Buenos Aires, que vinieron a contarnos cuentos… ¡como si los argentinos necesitáramos más cuentos! Dejando de lado el chascarrillo, son verdaderamente buenos, y traen un arsenal de material del que nosotros no disponemos (y que yo tampoco sé apreciar porque no conozco el arte de contar cuentos), y otro tanto de ideas para usar como recursos.
Pero para aquellos que no sabemos nada de ese ambiente, no nos queda más que sentarnos a escuchar sus relatos. Y son verdaderamente buenos. Sumado a que son buenos narradores, tienen el plus de esa tonada tan particular y divertida. Recomiendo sinceramente su espectáculo, si tienen la oportunidad o se cruzan alguna vez con un cuenta cuentos, dense la cha nce de escucharlos que seguramente les va a gustar. (si entran acá, tienen todo el cronograma http://encuentrotexturas.blogspot.com/)
Pero los mexicanos no venían solos. Traían una jarana. Y no una jarana cualquiera, sino una jarana que es el instrumento más lindo que vi en mi vida. Estaba hecha de una madera que parecía roble en su color, muy firme y consistente en su apariencia. Pero lo mejor de ese instrumento, es que claramente era una mujer. Su lomo estaba tallado de tal manera que parecía la espalda, con una línea que la divide en dos, representando la perfecta columna vertebral que lleva sigilosamente a uno de los lugares más apreciados de la figura femenina.
Una belleza.

