en la ciudad

June 17, 2008

Monstruo Patova

Filed under: Taller — Zur @ 11:24 pm
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Si algún día necesitaba encender la vela que estaba en el pasillo, probablemente el olor al polvillo quemado,inundaría el edificio durante semanas. Hacía siglos que estaba ahí, esperando el improbable caso de un corte de luz. Su departamento estaba en la planta baja, y las luces de emergencia obligatorias,iluminaban casi todo el camino entre la puerta del edificio y la de su casa. Casi. Excepto por ese metro. Un metro que por algún efecto de la física, quedaba desamparado. Una suerte de agujero negro entre su puerta y la del garage.

Una tarde cualquiera, al llegar de su trabajo, descubrió que por algunos arreglos en el edificio, la energía eléctrica estaba interrumpida. ¡Al fin! Pensó… iba a poder encender la vela. Sacó el encendedor que tenía consigo, a pesar que no fumaba, y la encendió. Entró en su departamento, donde por supuesto tenía múltiples elementos de iluminación de emergencia, y los encendió todos. No soportaba la oscuridad, le tenía el miedo más grande que una persona le puede tener. Nunca, jamás, se quedaba en lugares donde no pudiera distinguir lo que tenía alrededor. No porque le tuviera miedo a la no visión sino por que podía provocar que lo ataquen los seres más extraños. Si, los monstruos de la oscuridad podían ser miles, de las formas y colores más variados, con todas las armas mortales imaginables. Garras, dientes, venenos, gritos, baba, sangre.

Una vez iluminado su departamento cual cama solar, salió al pasillo a sacar la basura,confiado en la presencia de la vela. Pero sólo estaba el plato que la sostenía. Rápidamente cerró la puerta, y volvió a buscar otra para ponerla en su lugar. La encendió adentro y la llevó al pasillo, dejando la basura donde debía. Extrañado por la desaparición misteriosa de la luz, a los pocos minutos espió por la hendidura de la llave, y comprobó que otra vez el metro de pasillo que separaba su puerta de la del garage estaba a oscuras. Sus manos empezaron a temblar, pensando en el catálogo de monstruos contra los que habría de defenderse, y comenzó a inventariar todos los objetos de su casa que le servirían como armas. Esta noche no podría dormir, tendría que montar guardia hasta el momento en que se decidieran a atacarlo.

Enfrascado en sus pensamientos, preparó café como para mantenerse despierto durante una semana y ubicó estratégicamente las armas blancas en diferentes sitios de la casa. La batalla final podría ser en cualquier lugar y debía estar preparado. Una hora después, cansado de esperar el ataque que no llegaba, decidió salir a buscar pelea. Llevó otra vela encendida al pasillo y esperó paciente a que suceda algo, espiando sin ser visto. Pocos minutos habían pasado cuando una mano desgarradoramente asquerosa, fláccida, revestida de baba azul, asomó desde la puerta del garage y tomó la vela encendida, apagándola con su propio líquido.

Nuestro amigo quijotesco salió de su guarida emitiendo un alarido de batalla, empuñando cuchillos en ambas manos y con una luz en la frente como las que utilizan los médicos durante las cirugías. Retó al monstruo a mostrarse, dejando sus armas en el suelo (lo cual hubiera significado que se ampute las extremidades).

- ¡Hey!- Chilló una voz por detrás de la puerta del garage- Tranquilo amigo, no quiero dañarte.

- Muéstrate, cobarde ¿Por qué te robas todas mis velas?

- ¿Por qué insistes en prenderlas? La luz no me deja dormir.

- Porque tengo miedo de los monstruos, como vos, que atacan en la oscuridad.

- Yo no ataco en la oscuridad. Ni siquiera ataco. Soy un monstruo paria.

- ¿Cómo? ¿Dónde vives?

- En el garage, al lado de la puerta. Hace años que el portero me permite dormir aquí, y nunca dañé a nadie. No te dañaré ahora, puedes dejar esos cuchillos de cocina.

- ¡No! ¡Debo defenderme contra otros monstruos! No puedo permitir que sigas apagando mi luz.

El monstruo perdió más de la mitad de la noche intentando explicarle que no iba a dañarlo, hasta que pudo convencerlo basado en la evidencia de que muchas veces lo había ayudado, aún cuando él no sabía quién había sido, atribuyendo su salvación a la suerte o a diversos artilugios mágicos. Pero nada parecía hacerlo ceder en su afán de mantener la vela encendida así que el monstruo del garage acudió a sus conocimientos en negociación, de cuando dormía en la Casa de Gobierno, y ofreció un trato. La vela se mantendría apagada, a cambio de que el monstruo invite a varios de sus amigos de la comunidad monstruosa a dormir en las cercanías del departamento, para evitar que otros monstruos lo ataquen.

Finalmente, debió aceptar que el trato era bueno. Estaría protegido por los monstruos más feroces, contra los más aterradores de su raza.

Tan bueno fue el negocio, que nunca más tuvo miedo de la oscuridad.

April 22, 2008

Taller- Día 3

Filed under: Misceláneas, Taller — Zur @ 7:26 pm

Hoy en el taller de escritura, me senté al lado del gallego. Leímos nuestras historias sobre “el monstruo que vivía debajo de la cama”, y descubrí más sobre mis compañeros.

Hay un estudiante principiante de filosofía, porque usa términos que nadie más que ellos usa. Después hay representantes de todas las tribus urbanas: hay un punky con un aro grande en la nariz, que me di cuenta que vive en Haedo porque se bajó del mismo tren que yo. Uno que no sé qué es pero que me da miedo, tiene la cara regordeta pero no es gordo, como si sus facciones estuvieran hinchadas, se viste de negro, usa lentes de marco grueso y tiene el pelo rapado a los costados y lo de arriba largo hasta las orejas, todo inclinado para el lado derecho. Su historia era algo así como una conversación entre Jason y su guionista (dijo el nombre, y debe ser reconocido, pero no lo retuve y no lo voy a googlear siquiera) para debatir la próxima película. Era divertido y a la vez estremecedor, porque decidían que iba a ser un reality… nada más atemorizante que la realidad (se ve que está preocupado por la seguridad…)

Después el hippie, el talentoso, que se parece a Roberto Carlos, una chica tímida pero que en su historia, en vez de ser el monstruo, el malo de la historia era el señor militar que dormía en la cama. Es tímida pero se arriesgó con su historia, y eso me cayó bien.

Una chica que cuando terminó de leer, cortó el relato como con un baldazo de agua fría, levantó la vista con los ojos como dos huevos fritos y lo miró al coordinador, esperando su opinión como si eso fuera lo único que importara.

Hoy también me percaté del joven metalero- fierrero, que además de todo contó una historia muy divertida, bien escrita e interesante.

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